La vicuña es el herbívoro silvestre más importante de la región puneña y altoandina de Bolivia y posee una de las fibras más finas del mundo; al ser una especie bien adaptada a estos ecosistemas andinos ofrece mayores ventajas en la utilización de las praderas naturales y producción secundaria, al igual que sus parientes domésticos, la llama y la alpaca. Ya en tiempos precolombinos, los Incas hacían un uso sostenible de la vicuña, a través de los “chacus”, que implicaba el arreo de cientos de vicuñas, su captura, esquila y posterior liberación, además de ceremonias y danzas especiales para la ocasión. En este sentido, la vicuña tuvo un rol ecológico, económico y social muy importante para los pobladores andinos.

A la llegada de los españoles, se abandonaron estas prácticas y empezó una caza indiscriminada que continuó en la vida republicana, a pesar de leyes de protección de la especie que se dictaron en ambas épocas. De dos millones de vicuñas que se estimó que existían en la región cuando llegaron los españoles, el número de vicuñas se redujo a poco más de 10.000 animales en Bolivia y Perú a finales de los años 60. En 1968 la vicuña fue declarada como especie en vías de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y en 1969 se firmó el Convenio para la Conservación de la Vicuña, entre Bolivia y Perú, acuerdo que permitió la implementación de acciones en ambos países para proteger a la vicuña con fondos de la cooperación internacional.